jueves, 4 de octubre de 2012

Pablo

A Teresa la angustiaban las preguntas referentes a su niñez, no tanto por que las considerara impertinentes, sino más bien por la ausencia de recuerdos que esta época de su vida le evocaba, recordaba gratamente sus años de liceo y la universidad, sus amigos, las locuras de su sobrenaturalmente extendida adolescencia, su vida le pasaba por la mente a cada pregunta y no lograba ni responderse personalmente ninguna de los cuestionamientos referentes a su niñez, por un momento pensó que si había metódicamente olvidado una de las etapas de su vida, podría sin ningún esfuerzo borrar todos los recuerdos conservados fielmente en su memoria, esta perspectiva la sobresalto y se sintió culpable por no haber tenido nunca la constancia requerida para llevar un diario sobre su vida. Era su tercera semana en la sección de agudas femenina del Hospital San Juan de Dios y aun no lograba encontrar ningún signo de empatía por estos escrutadores ojos que dos veces por semana la interrogaban sobre su vida, las sesiones terapéuticas a las que era sometida, eran precedidas por el siquiatra encargado de esta sección del hospital, doctor Julian Gonzales, quien a pesar de su evidente juventud, mostraba unos distintivos signos de amargura en su rostro, sumados a una inusual prepotencia hacia sus pacientes y demás personal médico, todo esto hacían de EL un interlocutor poco agraciado que parecía más inclinado a revisar su android, que prestar un adecuada sesión terapéutica. Para mayor desencanto suyo el encontrarse en un establecimiento público, además de verse sometida a las habituales carencias de personal médico, bajo abastecimiento de materiales de aseo, un servicio de alimentación que apenas así podía llamarse, entre una infinitud de dificultades ajenas al servicio, debía soportar además del molesto siquiatra jefe, a sus practicantes de medicina que entre risas le agregaban a sus modestas entrevistas el carácter de una cruel comedia, era tal su descaro que Teresa estaba más que decidida a no responder ninguna de sus consignas, a su parecer estos practicantes que no la debían superar en edad, ya habían llenado sus morbosas y retorcidas mentes a sus expensas, negándose a participar en un circo de preguntas sin sentido alguno o conexión con su situación, decidió aplicar la metodología con la que fue sometida a su ingreso y se negó siquiera a saludar a sus interlocutores durante el transcurso de sus sesiones. Desde la primera noche de su estancia encontró que se encontraba sola y que las pocas enfermeras que se encargaban de los diferentes turnos de atención se negaban rotundamente a responder a sus consignas, abatida dejo pasar los días desconociendo el motivo de su reclusión en un establecimiento siquiátrico y se dejó llevar mentalmente muy lejos de este lastimero lugar. Su primera noche fue bastante peculiar porque aun aletargada por algún fuerte sedante, podía sentir a sus pies una difusa figura que en aquella impenetrable oscuridad parecía un demonio que pretendía arrancar algo de su cuerpo, cuando se intentó levantar en pro de su defensa se percató de las correas que la ataban a la camilla, entonces comenzó patalear logrando alejar de un certero golpe en el rostro a la demoniaca figura, que al verse bañada por la luz perdió todo su aspecto maligno y se convirtió en una menuda joven de voluminosos cabello que entre lágrimas gritaba que la bota que aún estaba a medio retirar del pie de Teresa era suya. El gran barullo llamo la atención de los demás residentes de la sección de ingreso del hospital, que entre gritos celebraban los que ninguno de ellos entendía, el enfermero encargado al percatarse de la conciencia de Teresa, se le acerco entre trompicones y suplicas de silencio dirigidas a los internos, que parecían disfrutar sin medida el espectáculo de una mujer atada a una cama, o tal vez disfrutaban la nada, finalmente liberada de sus ataduras, las formalidades del registro iniciaron y cuando solicito una explicación a su internamiento se le respondió que la misma se derivaba de una orden judicial, cuando solicito que se le permitiera chequear las motivaciones de dicha orden comenzó a recibir la que en muy poco tiempo comprendería era la habitual respuesta del personal del hospital, un frio silencio que parecía arrancar la vida arrojándola al olvido. Su consigna de silencio era irrevocable, si sus argumentos de jurista recién graduada, no habían mellado el escudo de silencio de las enfermeras, su institución del silencio en las sesiones terapéuticas seria inquebrantable, aunque esta actitud la hiciese acreedora de los más nefastos procedimientos médicos aplicables, pero esto en su primera noche aún era un asunto que su habitual orgullo negaría, pues en su inmensa sapiencia esta reclusión era un acto autoritario, sin ninguna motivación, un grave error en su persona, el cual requería una pronta solución, es decir su liberación inmediata, bajo estos argumentos esgrimió su defensa, batallando inquebrantable con principios y valores, constitutivos de nuestra sociedad, hablo de sus derechos los definió a cuanto funcionario encontró pero muy pronto desistió, pues descubrió que estos para ella en sus ojos no albergaban más que lastima. Esa primera noche cambiaria todo en su vida y hasta sus más arraigados valores cedería al infortunio de una aguda depresión, esa noche al percatarse de que no lograría mucha información de sus guardadores, dejo fluir su desesperanza y lloro, entonces como salido de un cuadro de Miguel Ángel. Una figura angelical se aproximó a consolarla, por un segundo se sintió levitando en los brazos del creador divino y agradeció la ventura de la muerte que venía por ella para alejarla de esta locura. Más la mansa calma pronto se desvaneció, de la figura angelical apenas quedaban unos bondadosos brazos que la abrazaban, contra un delgado cuerpo de rostro tan pálido que parecía no recordar caricia alguna del sol, ese rostro tan indefinible no contaba con cejas, ni cabello alguno que le permitiese identificar el tono de su cabellos, por lo que agradeció sus sugerencias de no dejarse ver llorando del personal médico, pues esto alargaría su estancia y se alejó en silencio embargada por una sensación de ingratitud que conservaría hasta el último de sus días. Unas horas después llegó la hora forzosa de dormir y la primera vos en acallar fue el molesto ruido del televisor, que solo parecía poder sintonizar los desinformativos canales públicos nacionales, le designaron una habitación bastante amplia con seis camas de hierro con una inexplicable ventana cuya única vista era una pared medio caída de un antiguo pabellón del hospital, pensó que esa noche no podría conciliar el sueño y pronto se encontró abatida, huyendo en sueños de unas grandes llamaradas que infinidad de dragones expelían de sus feroces fauces consumiendo los recodos de una extraña ciudad que ella ni siquiera conocía. Al amanecer la conciencia la trajo de vuelta de su hecatombe de llamas, al despertar todo era parte de una nueva pesadilla de la que no podía librarse y esa idea contagiaba de nefastos pensamientos sus ansias de libertad, decidió callar, observando y pormenorizando cada detalle de su cautiverio, a primeras horas se les instaba a bañarse, en unas pocos aseadas duchas comunales, después un frugal desayuno, pronto comprendió que el personal encargado detrás de sus piadosas miradas, gustaban de molestar las complejas e inestables personalidades de los internos, denigrando a los enfermos con sus constantes ultrajes, ignorando las suplicas de estos infelices y transformando en el rencor más arraigado la más mínima muestra de desobediencia. En silencio y con la firme voluntad de hacerse imperceptible paso sus primero días sin hablar con nadie, cruzando miradas de complicidad con su calvo Ángel, ingiriendo el alimento que le servían sin saborear los mismos, tomando los baños fríos sin más queja que el fuerte castañeo de sus dientes, ignorando las desquiciadas palabrerías de sus compañeros de espacios comunes, durmiendo ligeras siestas sentada en la sala, utilizando la ropa vieja que le proporcionaban como prendas, viendo pasar el tiempo en el espejo de la desesperanza, aprendiendo a sobrevivir a la locura sin comprender muy bien el porqué de sus infortunios. Al quinto día después del desayuno, la guiaron a una oficina ubicada en el cuarto piso en la sección opuesta a la de ingreso, dicha sección era designada como AGUDAS, el sonido detrás de la oficina del doctor Julián, le dio una idea muy clara de lo que le deparaba y así comenzó su primera sesión siquiátrica, a partir de la cual la reubicaron en una de las habitaciones de esta bulliciosa sección, que más que un hospital siquiátrico parecía el punto de reunión de los más grandes payasos de la región, con tristeza comprendió la degradación de la mente humana en su manifestación más palpable y lloro de temor de estar padeciendo una enfermedad que pudiese consumir su conciencia en esta neblina que parecía gobernar la mente de su camarilla de compañeras, las cuales se mostraban bastante dispuestas a interactuar con ella, pero en su paciencia no cabía un espacio para prestarse al juego del conocimiento con ellas por lo que las esquivo y se ubicó en un lugar donde nadie pudiera percatar de su ausencia. Poco tiempo le tomo para darse cuenta que la mano que se había extendido para ayudarla dentro de la sesión, no pensaba entregar información alguna sobre los motivos para haber sido internada y que su único objetivo era ridiculizar sus creencias e inducirla de forma consentida al uso de estas drogas que mejorarían según él, todas las falencias de su mal estructurado ser, por un instante la esperanza se disipo y oleada tras oleada de realidad hiriente la confrontaban, estaba en un limbo, con carceleros sin oídos, hambrientos de infortunios, insaciables en humillaciones, un infierno lleno de mujeres olvidadas y condenadas a la negligencia propia de nuestros servicios médicos. Bastaron dos sesiones con Julian y una con sus practicantes, para odiar el sistema de tratamiento que le imponían, negándose a partir de esta sesión a cooperar con el servicio médico, cada nuevo día era un reto, pues la terquedad de su carácter había convertido a Teresa en el flanco de todos los reproches disciplinarios que hacía el personal médico, su rol de rebelde le había asegurado una dosis extrafuerte de calmantes en inyección antes de cenar, lo que la ponía a dormir poco antes del anochecer y no soñar. Se negaba a la administración de drogas cuyos efectos no se dignaban a explicarle por lo que se ganó un lugar seguro en la habitación de detención, idea que en su melancolía la favorecía pues le permitía estar completamente sola sin verse interrumpida por uno de aquellos tristes seres que deambulaba sin sentido por todo el piso y que se entrometían sin aviso alguno en sus pensamientos. Las dudas que la colmaban iban desde no comprender los motivos de su encierro, hasta el no haber visto a sus padres a pesar de tener una jornada de visitas bastante flexible, le preocupaba que no accedieran a dejarla visitar la biblioteca a pesar de sus múltiples suplicas y que a pesar de sus esfuerzos no se dignaran a entablar un conversación directa con ella, no estaba muy segura de estar en su cuerpo por eso siempre se cercioraba de ser ella en el espejo del baño, más la realidad a la que se confrontaba en el espejo la espantaba, siempre había sido delgada pero sus huesos en este momento estaban más que expuestos, sus ojos estaban hundidos perdidos en unas oscuras ojeras que le daban un aspecto enfermizo casi la de un muerto, su espíritu que alguna vez había sido terco se había almidonado a punta de antidepresivos y supresores de la autoestima que la inhibían de sentir, de pensar, de soñar, su único amigo era el pedacito de cielo que podía ver desde el baño, extrañaba la luna, la lluvia, su propia risa, se había olvidado de sí misma y su aspecto físico ya no le importaba, el dormir drogada la había distanciado de sus mundos fantásticos. Veintiún días de encierro, eran suficientes para apaciguar cualquier llama, estaba dispuesta a ceder e intentar con el tratamiento que en hospital le planeaban, más no es facultad de los hombres dictaminar los eventos de la vida, por lo que se vio sorprendida siendo guiada a la habitación de castigo, donde no la esperaba su usual visita Julian, si no que la esperaba un hombre alegre y bonachón que sonreía, mientras repetía las preguntas típicas de los siquiatras, ella respondida en su mejor ánimo pues debía admitir que este hombre le transmitía sus alegría, todo transcurría como la más normal de las consultas, no había perdido el sentido del tiempo durante su encierro y recordaba con claridad todos los eventos hasta la mañana del 7 de octubre, donde no lograba recordar nada más hasta su internación. Esto comunico a su siquiatra quien respondía al nombre de Elias Rodriguez, quien no debía pasar de los 35 años pero que lucía de cuarenta por su desmesurado peso, en ese momento la sesión se trastoco y los cuestionamientos de Elias, se tornaron específicos, preguntaba por el año, a lo que Teresa respondía convencida que el año en curso era el 1995, preguntaba por sus padres, ella le informaba que los mismos vivían en esta ciudad, que tenían un casa a las salidas y que si él le permitía llamarlos ellos podrían acompañarla en su recuperación, lentamente el doctor comenzó a desenredar una madeja de recuerdos que cuando se fugaban de su boca parecían tan lejanos, tan extraños… Algo escapaba a su comprensión y no lograba recordar que, decidido callar, esperar a que su cuerpo como siempre le diera una respuesta, cuando comenzó a desesperarse, se hundió en un abismo de imágenes que no sentía vividas y cuando se percató estaba de reviviendo a la distancia el 7 de octubre de 1995. Entonces se vio así misma 21 días antes de esta pesadilla subiendo a un bus de transporte dirigido a la ciudad capital, se vio ocupando un lugar, en ese momento se percató de su mirada abstraída y cuando la siguió vio lo más cercano a una ilusión macabra que había visto en su vida, el hombre que avanzaba era dueño de un increíble belleza física, más tenía una aureola perversa que lo distorsionaba demoniacamente en su memoria, intentando retener el rostro de este hombre, volvió a su cuerpo, vio con terror como el doctor sostenía un retrato del sujeto del bus, en su oído algo susurro su nombre y como un aullido sus labios dejaron escapar un “PABLOOO..” retorcido, un rayo de claridad se posó en el rostro del doctor que cambio su habitual sonrisa por una posición más cómoda en la que me podía confrontar más serenamente. “Lo recuerdas”, entonces entre lágrimas y temblorosa Teresa asintió, agacho la cabeza y comenzó a hablar, al principio en intricadas preguntas sobre la condición que padecía, pero luego se desvaneció su interés en su padecimiento y comenzó a visualizar todas esas imágenes que desvirtuaban su ubicación temporal, su vanagloriada cordura y su vida. Recordó a Pablo, su amor a primera vista, la pasión de sus encuentros, su fugaz enamoramiento sus promesas de amor, su proposición de matrimonio, su vida juntos, su hogar y lentamente todos estas imágenes fueron llevándola al final de sus días de gloria, entonces lo vio en su faceta de matón, en sus eternas noches de borracheras, en su ir y venir emocional y por supuesto lo vio retozando en una cama ajena, se sintió mareada, acomodo los ojos volvió la mirada de Elias, que aun sonreía, quería preguntarle pero tenía la certeza que él conocía muy bien la historia de su propia boca, decidió volver a sus divagaciones mentales. Vio entonces escenas de una excéntrica luna de miel, en la toscana italiana, dándose cuenta entonces que esta hermosa ciudad era la ciudad que sucumbía bajo las flamantes llamas de los dragones de sus sueños, así revivió la primera noche que la conducta de su amado había cambiado, razón por la que siempre se reprocharía el no haberlo dejado ese día…, una noche en la que se suponía debían honrar sus votos de amor, el flamante esposo de Teresa decidió después de una aireada discusión terminar con la vida de ambos, iniciando un incendio de tal magnitud que ambos apenas si sobrevivieron gravemente heridos a la temible conflagración. Teresa se estremeció miro sus manos y encontró las marcas extendidas a lo largo de su cuerpo producidas por aquel fatídico fuego, que no extinguiría la vida de su artífice, ni la persona que pretendía eliminar, la desgracia destrabo sus fauces en una pareja de ancianos que dormía en la mismo piso, quienes fallecieron asfixiados por lo humos derivados del fuego en la habitación de Pablo y Teresa. Por un momento revivió el rostro resignado de la pareja de ancianos, derramo una lagrima en su honor, sumiéndose en la tristeza de saber que su mayor motivación para seguir con él a pesar de todo se derivaba de su increíble temor a envejecer sola, no quería llegar a su epoca de inutilidad sola, se aferraba a fierro y espada de su ideal de vida y renegó mil veces de su difícil situación, se convenció de que sus desprecios derivaban de su propia carencia de valor personal, resigno sus días, su vida a un compañero cuya única constancia era la locura, como no pudo ver el terror al que se sometía, pronto se vio enclaustrada, relegada a una constante tortura física por la falta de gracia en sus atributos físicos, siendo lentamente desvirtuados todas las virtudes que alguna vez le habían ganado el afecto de este hombre, que ya solo la miraba para insultarla y tomar su magullado cuerpo, el tiempo paso, su cuerpo revivió los años de maltratos, sus manos intentaron detenerlo, frenar a esa bestia inclemente que se le abalanzaba, su cuerpo la engaño pero antes de caer en el impulso Elias la sujeto… “¿Cuánto tiempo ha pasado?” pregunto con vos entrecortada, entonces Elias algo pensativo respondió, “cuarenta años desde tu alumbramiento, doce años desde que lo conociste, once años desde su matrimonio, ocho años desde que el episodio traumático, siete años desde el primer internamiento en hospital siquiátrico, dos desde la muerte de tu madre y tres de la de tu padre”. Por supuesto Teresa alego en su defensa que el mismo día se había visto en un espejo y no cargaba la edad que según el galeno le correspondía, el pacientemente le alcanzo un espejo de manos y ella sobresaltada no pudo dejar de aterrarse por el sin fin de arrugas que surcaban su rostro, sus facciones engrandecidas, su rostro tan similar al de su madre y sus ojos almendrados como los de su padre habían envejecido 12 años en un solo instante, no puedo expresar el dolor que le causaba el enterarse del fallecimiento de sus padres, supuso que nunca tuvo tiempo de corregir sus palabras y decirles que no los odiaba, se arrepintió en silencio pues sabia la inutilidad de su remordimiento a estas altura de la perdida de sus padres, pero tenía fe que en la sapiencia de la muerte sus padres conocieran sus inexpresados sentimientos de cariño y agradecimiento. Cuando se disponía a indagar un poco más sobre estos doce años que su mente había omitido remembrar, Elias con un tono parsimonico, algo doctoral, comenzó a narrar un acta de medicina legal, mujer de 30 años, metro setenta, cabello negro, lacio, contextura delgada, ojos oscuros, peso 61 Kilogramos, es remitida de urgencias del Hospital Simón Bolívar en Bogotá, con Traumatismo Craneal, consistente en una fractura craneal en la parte anterior derecha del cráneo, fracturas expuesta de fémur en ambas piernas, señales inequívocas de estrangulamiento manual (hematomas en el cuello coincidentes con los dedos de las manos), tres costillas esternales derechas rotas, no registra lesiones internas, embarazo de seis meses interrumpido, el feto no manifiesta signos vitales al arribar al hospital, se induce parto del producto muerto… la pesadilla que tanto temía afrontar se le abalanzaba, las imágenes, los monstruos, las retorcidas imágenes a las que tanto les temía se evaporaban indemnes frente a realidades más trágicas y devastadoras, poso una mano en su vientre, recordó la calidez de la presencia de su pequeño en su vientre, lo mucho que temía que su debilidad física repercutiera en la normal formación de su hijo, entonces mientras sentía su mágico vientre lo vio entrar enfurecido, le reclamaba por algo que ella no logro entender cuando EL la cuestiono e indignado por su demora en la respuesta comenzó una de su letanía de azotes entonces ella le imploro en nombre de su hijo que no les hiciera daño, pero sin motivo alguno EL la acerco a la ventana y por ella la arrojo, por primera vez la excitación de las imágenes no la llevo de vuelta a su cuerpo, sintió como su cuerpo caía vertiginosamente recorriendo desesperada los cuatro pisos que le separaban del piso, sintió el estruendo final del choque de su cuerpo contra el asfalto, en ese momento todo se clarifico, abrió sus ojos interrumpió a Elias y continuo narrando su vida por él. “Me han internado 19 veces en los últimos 8 años, tengo 45 años, el episodio traumático de perder a mi hijo gestante, derivo en una amnesia selectiva, mis padres en vida me acompañaron en mi tratamiento, pero a pesar de mis esfuerzos por reintegrarme a la sociedad mis múltiples recaídas, obligaron mi reclusión permanente hace 4 años, mis padres no sobrevivieron a mis padecimientos siquiátricos, como mecanismo de defensa mi inconsciente, restringió mi memoria a la fecha al que conocí al caudillo de mis desgracias, tu Elias, eres mi siquiatra hace 5 años y me atendiste en la capital durante mis primeros episodios nerviosos, me has apoyado a pesar que siempre escudo en el olvido mis temores, hace un año solicitaste mi traslado a una localidad más cercana a mi tierra natal, con la esperanza que el clima familiar tuviera repercusiones positivas en mi estado anímico, llevo un año en este hospital y hoy hace exactamente 21 dias, Pablo recupero su libertad”